
juan rodó, estrella de otelo
La gran voz de los musicales
El barítono protagoniza la última creación de Pepe Cibrián y habla del género, las superproducciones y la ópera.
“Los mancho a todos”, dice Juan Rodó en su camarín antes de maquillarse por completo de negro, un largo proceso antes de salir a escena como Otelo, el protagónico para el que por quinta vez lo convocaron Pepe Cibrián Campoy y Ángel Mahler, la dupla de la comedia musical en la Argentina. Antes fueron Drácula (estrenada en 1991), Las mil y una noches (2001), Dorian Gray, el retrato (2005) y El jorobado de París (2006).“La diferencia de Otelo con las anteriores –dice Rodó– es que no hay un final feliz ni esperanzador. En realidad, es una tragedia musical. La música compuesta por Mahler es sinfónica, más del tipo operístico. La versión de Pepe difiere del original de William Shakespeare ya que se agregaron personajes (por ejemplo, Bianca, la amante de Otelo) y el acento no está puesto en los celos, sino en la traición. Yago traiciona porque se siente desplazado por Casio en las preferencias de este Otelo patriarcal, y los dos se opondrán como una especie de Caín y Abel. En conjunto, toda la estética es diferente así que el público se encontrará con otra cosa”, reconoce el cantante que estrenó el pasado jueves en el Teatro Nacional (Corrientes 960) esta nueva puesta que incluye a 80 personas en escena entre artistas, músicos, creativos y técnicos.–¿Hay vida más allá de Pepe Cibrián? –(Se ríe.) Sí, por supuesto, si uno quiere. Trabajar con Pepe es una elección. En 2006, Rodó emprendió un proyecto personal. Actuó y compuso la música de Jack, el destripador, con libro de Mariano Taccagni, dirección escénica de Daniel Suárez Marzal y musical del mismo Mahler. Pero no volvió a insistir en ese terreno: “Componer fue una necesidad personal en ese momento pero no me obligo a hacerlo. De todas maneras, creo que es posible hacer musicales a menor costo, sin tanta superproducción”.De grandes producciones musicales, Rodó sabe. En 1998 fue elegido por Disney para el rol protagónico en La Bella y la Bestia, y en 2000 quedó seleccionado para ser Javert en Los miserables, la producción del inglés Cameron Mackintosh. “No es un deshonor presentarse a castings. Con Pepe no hace falta porque ya nos conocemos, pero sí lo hice para La Bella y la Bestia, Los miserables y también para El fantasma de la ópera, el año pasado, y que finalmente no se hizo”, dice sobre el musical de Andrew Lloyd Webber que, tras tres intentos fallidos, se estrenará finalmente en marzo de la mano de la productora Time 4 Fun.–¿Se había enojado Cibrián porque te presentaste a ese casting? –No. Lo que pasa es que con Pepe somos celosos el uno del otro. La verdad es que hay mucha disconformidad en el medio porque el papel femenino principal lo va a hacer una artista mexicana. ¿Es que acá no tenemos gente para eso?Como barítono solista, Rodó ingresó al Teatro Colón en 1995 para la ópera Wérther y hasta el 98 participó en Romeo y Julieta, Sansón y Dalila y Macbeth, entre otras. Pero es en la comedia musical donde se siente mejor asentado: “La ópera exige exclusividad, no podés hacer otra cosa. Por otro lado, aquí hay más oportunidades de trabajo, más continuidad y, también, más protagonismo. En la ópera, soy uno más”.Acerca del boom de musicales en Buenos Aires, dice que el terreno lo preparó Cibrián cuando nadie apostaba a esos proyectos. “Después, las compañías internacionales vieron que había un buen mercado. Se trata de grandes producciones, costosísimas, que sólo son posibles gracias a sus esponsóres”, afirma.–¿Qué opinás de los concursos televisivos de comedias musicales (es un proyecto de Marcelo Tinelli) o de los realities para elegir figuras como Vanesa Butera para Hairspray? –Todo eso sirve si estimula en la gente el gusto por la comedia musical. Pero no es ahí donde surgen los talentos porque en la tevé no deja de ser un show más. Es muy difícil esta carrera y muy dura porque la Argentina es un país terrible en ese aspecto, no te brinda oportunidades para que los artistas desconocidos puedan trascender. En cambio, hay mucho cholulaje y se les rinde tributo a las personas con cartel, a los mediáticos.–¿Por qué no probaste suerte en el exterior como Elena Roger, por ejemplo? –Porque no puedo sostenerlo, acá están mis hijos. Y para mí, el arte no está primero que los afectos.Más cerca de una ópera original que de BroadwayA Pepe Cibrián Campoy no le alcanzó con el texto de William Shakespeare. En la transposición de Otelo –una tragedia en cinco actos que dio dos versiones operísticas, a cargo de Gioacchino Rossini y Giuseppe Verdi– a una obra musical, la dupla Cibrián-Mahler incluyó un romance previo de Otelo –en el primer acto, el moro pretende casarse con la ambiciosa Bianca, que finge un embarazo– y sumó personajes –entre ellos Leticia, nodriza de Bianca, figura narrativamente importante porque, como la Emilia del texto original, revela la verdad a Otelo. ¿Hacía falta tanta reescritura para llegar a resultados muy parecidos? Es difícil inclinarse por una respuesta pero, a simple vista, ninguno de estos personajes parece cargar de nuevos sentidos el texto. Mejor es pensar el espectáculo (especialmente el primer acto) como una pieza original basada en la tragedia shakespeareana; y entonces sí, asomarán nuevas valoraciones. Otelo. El nuevo musical plantea también dudas respecto de su género: la elección de las voces la acerca más a una ópera del siglo XXI que a la comedia musical –a pesar del obligado final alla Broadway, con personajes resucitados para la despedida coral– y sobresalen, además de Juan Rodó, un correcto Daniel Vercelli como Casio. Suma a la sensación de estar ante una ópera la cantidad de escenas donde el hilo narrativo requiere solamente de dos o tres personajes y prescinde del conjunto que interpreta a la corte y el carnaval. Una lástima: en los momentos donde asoma la multitud, la pieza adquiere mucho más color y logra despegarse del gris que propone un escenario despojado (sólo una tela y unas visuales que –sin dudas lo peor de la obra– ofician de escenografía). Por el contrario, el diseño de iluminación y de vestuario se destacan y aportan su grano de arena para que, a pesar de algunos desaciertos, Otelo resulte un musical de calidad.
La gran voz de los musicales
El barítono protagoniza la última creación de Pepe Cibrián y habla del género, las superproducciones y la ópera.
“Los mancho a todos”, dice Juan Rodó en su camarín antes de maquillarse por completo de negro, un largo proceso antes de salir a escena como Otelo, el protagónico para el que por quinta vez lo convocaron Pepe Cibrián Campoy y Ángel Mahler, la dupla de la comedia musical en la Argentina. Antes fueron Drácula (estrenada en 1991), Las mil y una noches (2001), Dorian Gray, el retrato (2005) y El jorobado de París (2006).“La diferencia de Otelo con las anteriores –dice Rodó– es que no hay un final feliz ni esperanzador. En realidad, es una tragedia musical. La música compuesta por Mahler es sinfónica, más del tipo operístico. La versión de Pepe difiere del original de William Shakespeare ya que se agregaron personajes (por ejemplo, Bianca, la amante de Otelo) y el acento no está puesto en los celos, sino en la traición. Yago traiciona porque se siente desplazado por Casio en las preferencias de este Otelo patriarcal, y los dos se opondrán como una especie de Caín y Abel. En conjunto, toda la estética es diferente así que el público se encontrará con otra cosa”, reconoce el cantante que estrenó el pasado jueves en el Teatro Nacional (Corrientes 960) esta nueva puesta que incluye a 80 personas en escena entre artistas, músicos, creativos y técnicos.–¿Hay vida más allá de Pepe Cibrián? –(Se ríe.) Sí, por supuesto, si uno quiere. Trabajar con Pepe es una elección. En 2006, Rodó emprendió un proyecto personal. Actuó y compuso la música de Jack, el destripador, con libro de Mariano Taccagni, dirección escénica de Daniel Suárez Marzal y musical del mismo Mahler. Pero no volvió a insistir en ese terreno: “Componer fue una necesidad personal en ese momento pero no me obligo a hacerlo. De todas maneras, creo que es posible hacer musicales a menor costo, sin tanta superproducción”.De grandes producciones musicales, Rodó sabe. En 1998 fue elegido por Disney para el rol protagónico en La Bella y la Bestia, y en 2000 quedó seleccionado para ser Javert en Los miserables, la producción del inglés Cameron Mackintosh. “No es un deshonor presentarse a castings. Con Pepe no hace falta porque ya nos conocemos, pero sí lo hice para La Bella y la Bestia, Los miserables y también para El fantasma de la ópera, el año pasado, y que finalmente no se hizo”, dice sobre el musical de Andrew Lloyd Webber que, tras tres intentos fallidos, se estrenará finalmente en marzo de la mano de la productora Time 4 Fun.–¿Se había enojado Cibrián porque te presentaste a ese casting? –No. Lo que pasa es que con Pepe somos celosos el uno del otro. La verdad es que hay mucha disconformidad en el medio porque el papel femenino principal lo va a hacer una artista mexicana. ¿Es que acá no tenemos gente para eso?Como barítono solista, Rodó ingresó al Teatro Colón en 1995 para la ópera Wérther y hasta el 98 participó en Romeo y Julieta, Sansón y Dalila y Macbeth, entre otras. Pero es en la comedia musical donde se siente mejor asentado: “La ópera exige exclusividad, no podés hacer otra cosa. Por otro lado, aquí hay más oportunidades de trabajo, más continuidad y, también, más protagonismo. En la ópera, soy uno más”.Acerca del boom de musicales en Buenos Aires, dice que el terreno lo preparó Cibrián cuando nadie apostaba a esos proyectos. “Después, las compañías internacionales vieron que había un buen mercado. Se trata de grandes producciones, costosísimas, que sólo son posibles gracias a sus esponsóres”, afirma.–¿Qué opinás de los concursos televisivos de comedias musicales (es un proyecto de Marcelo Tinelli) o de los realities para elegir figuras como Vanesa Butera para Hairspray? –Todo eso sirve si estimula en la gente el gusto por la comedia musical. Pero no es ahí donde surgen los talentos porque en la tevé no deja de ser un show más. Es muy difícil esta carrera y muy dura porque la Argentina es un país terrible en ese aspecto, no te brinda oportunidades para que los artistas desconocidos puedan trascender. En cambio, hay mucho cholulaje y se les rinde tributo a las personas con cartel, a los mediáticos.–¿Por qué no probaste suerte en el exterior como Elena Roger, por ejemplo? –Porque no puedo sostenerlo, acá están mis hijos. Y para mí, el arte no está primero que los afectos.Más cerca de una ópera original que de BroadwayA Pepe Cibrián Campoy no le alcanzó con el texto de William Shakespeare. En la transposición de Otelo –una tragedia en cinco actos que dio dos versiones operísticas, a cargo de Gioacchino Rossini y Giuseppe Verdi– a una obra musical, la dupla Cibrián-Mahler incluyó un romance previo de Otelo –en el primer acto, el moro pretende casarse con la ambiciosa Bianca, que finge un embarazo– y sumó personajes –entre ellos Leticia, nodriza de Bianca, figura narrativamente importante porque, como la Emilia del texto original, revela la verdad a Otelo. ¿Hacía falta tanta reescritura para llegar a resultados muy parecidos? Es difícil inclinarse por una respuesta pero, a simple vista, ninguno de estos personajes parece cargar de nuevos sentidos el texto. Mejor es pensar el espectáculo (especialmente el primer acto) como una pieza original basada en la tragedia shakespeareana; y entonces sí, asomarán nuevas valoraciones. Otelo. El nuevo musical plantea también dudas respecto de su género: la elección de las voces la acerca más a una ópera del siglo XXI que a la comedia musical –a pesar del obligado final alla Broadway, con personajes resucitados para la despedida coral– y sobresalen, además de Juan Rodó, un correcto Daniel Vercelli como Casio. Suma a la sensación de estar ante una ópera la cantidad de escenas donde el hilo narrativo requiere solamente de dos o tres personajes y prescinde del conjunto que interpreta a la corte y el carnaval. Una lástima: en los momentos donde asoma la multitud, la pieza adquiere mucho más color y logra despegarse del gris que propone un escenario despojado (sólo una tela y unas visuales que –sin dudas lo peor de la obra– ofician de escenografía). Por el contrario, el diseño de iluminación y de vestuario se destacan y aportan su grano de arena para que, a pesar de algunos desaciertos, Otelo resulte un musical de calidad.